Desde que empecé a colaborar con Ambiente G han sido varios los lectores que han dejado comentarios sobre el motivo por el que las empresas se empeñan en crear productos diferentes para nosotros. En este momento, en el mercado ya existen Cruceros gays, complejos turísticos, vinos, o incluso productos bancarios específicos para clientes gays, tal y como nos contaban Peibols hace unos días.
Y la verdad es que aunque yo escriba a veces sobre noticias de este tipo, no estoy de acuerdo con esta proliferación de productos destinados a los consumidores gays. Soy gay, sí, pero llevo una vida totalmente “normal” junto a mi pareja. Y por favor, entenderme cuando uso la palabra “normal”.
Es decir, que sólo me diferencio del resto de mi entorno en que en lugar de convivir y de estar enomarado de una chica, convivo y estoy enamorado de un chico maravilloso.
Pero en el resto de aspectos de mi vida, no difiero en nada de cualquier otra pareja de amigos heteros. Como en “sus” restaurantes, voy de copas a “sus” bares, ceno en “sus casas”, ellos cenan en “la nuestra”, , trabajo entre heteros, voy a “sus” museos y a “sus” salas de exposiciones, me corto el pelo en “sus” peluquerías, bebo “sus” vinos o viajo gracias a “sus” agencias de viajes y en “sus” mismos cruceros. Y no me siento ni más ni menos gay por ello.
Si alguna vez recaigo en un local cuyo dueño es gay, no es porque sea gay ni por la necesidad de consumir algo “gay”, sino porque me gusta el producto que ofrece, al igual que puedo entrar en una tienda regentada por una rubia, o por un canadiense.
Por eso, no entiendo, como les pasa a varios de nuestros lectores, que saquen tantos productos para gays. No entiendo esa manía de diferenciarnos, cuando lo único que quiero es conseguir la plena igualdad.
Yo, sinceramente, no necesito muchos de esos productos. Lo que quiero es poder usar cualquier tipo de producto, y sobre todo servicio, sin que nadie me mire como un bicho raro.
Que el día en que decida casarme, no tenga que casarme en un restaurante para gays, sino que pueda ir a un restaurante que me guste de verdad sin tener que aguantar una sonrisita burlona a mi espalda por la pareja de maricones que pretenden simular una boda en su local.
Eso es la auténtica igualdad. Es normal, y entiendo, y además exijo, que hagan por ejemplo postales como las que comente en un post anterior, ya que ahí sí que soy “diferente”. Es obvio que a mi chico no le voy a regalar una postal en la que salga un chico y una chica, sino que querré regalarle una postal en la que salgamos dos chicos.
O en el caso de los medios de comunicación, también entiendo, y de hecho colaboro en uno de ellos, que existan blogs o revistas que informen o entretengan según el tipo, ya que no existe demasiada información LGBT en el mundo.
Pero de ahí, a crear todo un mercado de productos especiales para nosotros, va un trecho. Soy gay, sí, pero es un parte más de vida, no tengo que estar todo el día haciendo bandera de ello ni usando productos para gays por ser gay.
Y esa, al menos, es mi opinión. Seguro que hay gente que piensa que está genial que existan todo tipo de productos para gays, y es igual de respetable, porque además así demostramos lo variados que somos en este ente imaginario que es el colectivo LGBT.
Pero como decía, es mi opinión, que no es ni mejor ni peor que la de nadie. Simplemente, es la mía.